junio 16, 2018

¡VOY A PUBLICAR!

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Así es, la Editorial Páginas va a publicar mi libro "Viajeros", una novela de fantasía y aventura. Este es un escrito que quiero mucho y que me ha costado años terminar.  

El lanzamiento oficial será el lunes 23 de 2018 a las 2 pm en la gigantesca (y genialosa) Feria del Libro de Bogotá. En Corferias, la sala FilBo Ilustración. 


Luego, estaremos en el Pabellón 6, segundo piso, stand 137, para encontrarnos, charlar un rato y por supuesto, venderles el libro :).  




junio 12, 2018

VIAJEROS

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MI NOVELA VE LA LUZ


En un mundo sumido en el pacifismo de una Diosa despótica, las hadas están demasiado ocupadas buscando humanos para despellejar, y un dragón debe cuidar su matrimonio con una dragona de carácter poco dócil.
La situación se complica a niveles que resultan hilarantes cuando una niña, aprendiendo a ser bardo, un príncipe con sueños de abdicación, un guerrero cazando su aventura de graduación y un ladrón en busca de redención, quedan atrapados en el fuego cruzado de una guerra entre reinos.
La Diosa de Universia está centrada en sus aspiraciones de Paz Mundial, y nada entorpecerá su sueño de pringar a la humanidad en felicidad melosa. Nadie la detendrá, ¿o sí?
Una novela de fantasía un tanto oscura, o quizás una novela oscura disfrazada de fantasía. En todo caso, una historia con buena dosis de humor. 

A mis amables lectores y queridas lectoras los y las invito al lanzamiento de la segunda edición de  mi novela #Viajeros en la #FilBo (Feria del Libro de Bogotá), será el lunes 23 a las 2 pm, en la sala ilustración. 

junio 10, 2018

EL MILAGRO DE LOS LIBROS

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Autora: Karonlains Alarcón-Forero




La biblioteca de mi pueblo es un lugar estratégico y, por fortuna para mi país, es literal.



Está ubicada en la calle del batallón de policía, en una esquina elevada que le provee una posición privilegiada a quien quiera controlar el pueblo. Por eso, siempre era el primer lugar invadido por la guerrilla durante las tomas.


Las tomas a los pueblos no son como las personas las imaginan. Sí, hay tiros, sí, estalla una que otra bomba, pero la mayoría del tiempo se pasa en esperar que los guerrilleros vuelen la pared del Banco Agrario, roben la bóveda y se vayan.

Tampoco crean que los pobres policías son muy activos. No sería muy sincero decir que su mayor preocupación es la seguridad de la ciudadanía, más bien, se guardan en su cuartel y se aseguran de no hacer muchos tiros, no sea que sobrepasen la cuota mensual y les descuenten las balas de más en el bono de navidad.

Entonces, entre los tiros que apuntan a nubes descarriadas, siempre hay tiempo para una empanada con chocolate, y hasta una natilla, y si la cosa pinta muy larga, nos apuntamos un tamal.

Los cuentos dicen que en uno de esos turnos muertos, mientras sus compañeros de lucha estaban en la terraza creando rapsodias de respuesta a las sinfonías de los policías, a una de las compañeras comandantes en jefe de la columna más importante de la cúpula guerrillera, por puro aburrimiento, le dio por pasear en la biblioteca, y por ese mismo sentimiento agarró un libro. “Así habló Zaratustra”, como no pudo leer el nombre del autor lo arrojó lejos.

Caminando despacio se encontró con “Como agua para chocolate”, lo empezó con la intención de encontrar una buena receta para sus ratos de ocio en el campamento, que no por guerrillera tenía que ser menos mujer, pero cuando se topó con el amor romántico y las imágenes de las mujeres sumisas evocando pasiones en los tejidos nocturnos, también lo abandonó. Esos no eran temas para una revolucionaria.

Dicen que la tercera es la vencida.

Dicen mal.

En tercer lugar agarró “El Capital”, pero apenas leyó el titulo con rabia le arrancó cuantas hojas pudo, lo tiro al suelo, lo pisoteó con sus gruesas botas que conocían el sabor de las selvas y la sierra, luego lo descuadernó con una saña más propia de un paramilitar que de una guerrillera, y por ultimo arrojó sus restos a la caldera en llamas, dejando en claro que ella era una furibunda anticapitalista.

Segura de que la lectura era para oligarcas del estado, en el momento final decidió darle un pequeño chance a un último libro. Como antes, escogió uno al azar en medio del riguroso orden alfanumérico que le gustaba mantener al bibliotecario, cogió una selección de crónicas en donde se leían muchos nombres de autores: un tal Salcedo, Fals algo, alguien Calle, no se quien Molano y otros.

Ese libro la trasportó a una nación desconocida para ella, un lugar donde las personas, a pesar de todo lo vivido, hacían de su país un mejor lugar para vivir. En medio de historias que parecían relatadas por Sherezade y no por cronistas; se olvidó de su fusil y sus granadas.

Para ella, en ese momento de iluminación literaria, el ruido de la guerra se disolvió entre silabas, la rebelión encontró más propósitos que los pintados en el manualito avergonzado que asomaba en los bolsillos de su camuflado, la revolución descubrió significado fuera del diccionario de la Real Academia.

Desde ese primer día, durante años, dejó de disparar para leer, empezó a añorar las tomas y a robar pequeños libros que compartía en el campamento. El bibliotecario notó el hurto, tan solo rezó para que el ladrón no los estuviera usando como papel higiénico y mantuvo silencio.

Así fue como aprendió que existe un mundo mucho más grande que el monte que ilumina la luna llena, más largo que los pastos llaneros, más hermoso que una metáfora bien lograda. Entonces, tomó la decisión.
Fue ella quien empezó el proceso de los diálogos de paz, que desde Cuba, nos brindan un rayito de esperanza a nosotros, los que estamos fuera de los camuflados pero dentro de la guerra. 



Cuento finalista en el concurso "Si a la paz", de la Fundación Libera. 





junio 09, 2018

PACIFISMO COLOMBIANO

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AUTORA: Karonlains Alarcón-Forero


Una vez estaba el señor Efraín en la tienda de mi patrón, tranquilo como cualquier guerrillero tomándose el tinto de la media mañana cuando llegó un tal Negro; uno que estaba recién arrimado al pueblo.

Y así, sin más, se le sentó a Don Efraín en la mesa mirando la calle.

—Comandante. —Escuché que le decía el Negro.

Seguí limpiando y vi como Don Efraín se sacaba el revólver de detrás del pantalón y la ponía sobre la mesa justo al lado del tinto hirviendo, sentí miedo y los clientes empezaron a irse.

—Venia yo a pedirle un favorcito, —siguió el Negro como si no hubiera visto el arma— uno pequeñito así que no se alarme.

Don Efraín agarró el tinto con la izquierda y empezó a soplarlo.

—Diga a ver. —Increpó.

—Pues comandante nosotros solo queríamos que se fuera, usted y los suyos. Ya sabe, nosotros vamos a llegar a pacificar por estos lares y no queremos tener problemas. Usted es un hombre inteligente y sabe como van las cosas ¿no?

Don Efraín sorbió el tinto ruidosamente, como si estuviera llamando al resto de la columna guerrillera.

—Usted sabe que esas órdenes las da el comando, así que no me pida imposibles. —Respondió.

Caminé despacio hacia la barra para protegerme por si cualquier cosa, el patrón había ido a mercar y estaba sola.

—Pero usted puede hablar comandante, puede acelerar las cosas. Somos hombres así que por qué no hacemos algo: le doy tiempito y usted me asegura que se va, ¿no le parece?

Vi como Don Efraín tomaba otro sorbo antes de acurrucarme detrás de la tabla de madera, pensé en salir pero estaba petrificada por el miedo y empecé a temblar.

—No puedo hacer eso. —Sentenció Don Efraín.

—Vamos comandante, sabe que si quiere…

Escuché el ruido de la mesa caer y luego disparos: ¡PAZ! ¡PAZ! ¡PAZ!

Me atreví a asomarme y vi a Don Efraín de pie, con el revólver humeante en la mano apuntándole al forastero que estaba tirado en el piso sobre un charco de su propia sangre.

—Este pueblo ya está en paz ¡Negro hijueputa! Y no los necesitan.

El comandante respiraba agitado, se giró apuntándome y ahogué un grito de espanto. Al verme, bajó el revólver.

—Doña Carmencita, tranquila. Perdón por el desorden pero me tengo que ir. Eso sí, dígales a todos los del pueblo que estamos en paz y que nadie, ningún hijueputa salido del llano, va a venir a darnos más paz de la que tenemos. ¡Somos gente pacífica!

Miró al negro.

¡PAZ! ¡PAZ! ¡PAZ!



Este cuento hace parte de la recopilación Palabras de Paz, de la Red Pública de bibliotecas de Bogotá.


junio 06, 2018

TRASEGAR

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AUTORA: Karonlains Alarcón-Forero

Ella empezó a caminar. Su marcha era sombra de muerte y paso desolado. Su punta afilada penetraba y su cola metálica quemaba, era diseño de hombres, utilizada por hombres, destructora de hombres.
Su recorrido terminó cuando hurgó, destruyó, rompió. Se incrustó fieramente en la masa gelatinosa del cerebro, haciéndolo estallar contra las paredes blancas del hospital mientras los doctores observaban y analizaban la conducta psicótica.
Al final la bala logró su cometido: matar al artífice… 




junio 04, 2018

AMOR DESIERTO

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AUTORA: Karonlains Alarcón-Forero


Empezaron observándose bajo el sol del desierto, con las miradas surgió la duda «¿soy capaz de amar?», y de duna a duna, reconocieron el veneno que viciaba sus cuerpos.

«Te amo», dijo la rana. «Te amo», dijo el escorpión. Se besaron, él clavándole su aguijón ponzoñoso, ella impregnándolo con la toxina de su piel.

Frente a frente, tumbados en la arena se contemplaban agonizantes. Aun con el veneno carcomiéndolos esperaban para saber quién resistiría más y declararse vencedor.




Este cuento ganó el  concurso de "Microcuentos de desamor" en España. 

 

junio 02, 2018

MI MAMÁ Y LAS PASTILLAS

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Por: Karonlains Alarcón-Forero.
Antropóloga, U. Nacional (Colombia)



A mi mamá, por no creer en los psicólogos, y a mi papá, por negarse rotundamente a pagarlos.





—Yo no estoy loco, mi madre me ha hecho pruebas.
(Sheldon Cooper)




Crecí en un pueblo de esos que abundan en los andes colombianos, con monte, guerrillas y soldados por todos lados, y en ese pueblo mío había un loco. Nunca necesitamos un psicólogo ni un neurólogo para que lo determinara, era el típico loco de pueblo, y este loco era mi primo.

Había una razón por la que al loco no le hacía nada la guerrilla, a pesar que deliraba acerca de verdaderas revoluciones y pronunciaba con reverencia a un tal “Che”. También había una razón por la que el ejército nunca le hacía nada a pesar que escupía cuando los veía pasar y hablaba de masacres y acciones siempre veladas. Tanta indulgencia la causaba la misma razón por la que estaba loco: había leído muchos libros.

Entonces, el loco de mi pueblo ayudaba a los niños a hacer sus tareas: a falta de biblioteca, teníamos a mi primo. Así que en esos ires y venires de la vida, los niños terminábamos escuchando locuras que hablaban de mundos fuera del capitalismo, de vidas sin sumisión al dinero y de sueños con alas más grandes que las de los cóndores.

Como estaba loco, no dejaban que los niños se quedaran mucho tiempo a escucharlo, apenas el suficiente para que obtuvieran el valioso conocimiento académico y cumplieran con sus deberes. Lo que no sabían los adultos es que los niños son locos por naturaleza, tienen esa especie de locura que se arraiga en quien aún tiene inocencia. Por eso los niños escuchaban atentos mientras copiaban los mapas o las fechas históricas. Por eso, muchos corrieron antes que la guerrilla los reclutara o se escondieron de las armas del ejército: por el loco de mi pueblo muchos sobrevivieron.

Pero yo no era como los otros niños, tenía un oficio que era la envidia de mis compañeros y el único reproche que se le podía hacer a mi abuelita: le llevaba la comida a mi primo y le hacia los mandados. Nunca supe a ciencia cierta por qué me tocaba a mí y no a mis tías, primos o a mi hermana, pero lo cierto era que mi abuelita me sonreía con malicia y me decía: “Vaya donde el loco, que la necesita.” Tampoco supe cómo, pero nunca se equivocó.

El día que encontramos a mi primo abaleado en su casa, supimos que una norma-no-escrita de la guerra colombiana se había quebrado para siempre. Después de eso, familias enteras tuvieron que salir de sus casas y parcelas para recorrer caminos inciertos más allá de los recuerdos de los abuelos.

La mía entre esas.

Llegué a la capital con el sueño del que todo lo vela y la esperanza del que no sabe nada. Mi encuentro con la ciudad fue rudo, aunque se amortiguó por el hecho de que muchos de los nuestros emigraron al mismo lugar, y que donde nos establecimos era un barrio con muchas remembranzas de pueblo: pude seguir jugando y soñando, y aún veía montañas fantásticas alrededor de mi casa.

El problema fue cuando entré al bachillerato.

Mi desfile ante psicólogos empezó en séptimo grado cuando una profesora de religión, desesperada por mis continuos cuestionamientos, me mandó a la oficina del coordinador. Él apenas me miró por encima de sus gafas y me redireccionó hacia la orientación. Ahí tuve mi primer test, en el que uno encuentra formas en manchitas de tinta.

Debo aclarar que para alguien que crece en medio de tomas guerrilleras y tiros al aire, cuentos sobre la llorona, la madre monte y el mohán, viendo posesiones diabólicas y la presencia más o menos recurrente de diferentes tipos de brujas, es apenas normal ver en manchitas de tinta sangre, murciélagos, balas, montañas, personas, jefes guerrilleros, montoncitos de sal, tijeras abiertas y limones partidos en cuatro. Lo siguiente que supe respecto del test, fue que mi mamá estaba sentada frente a la orientadora que le hablaba visiblemente preocupada por mi salud mental, mientras ella asentía con gravedad a cada afirmación. A la salida, con la tarjeta de un psicólogo reconocidísimo en la mano, mi madre se me acercó y en un susurro me confesó: “Esa vieja está loca.” (Aprovecho este artículo para ratificar mi eterno amor filial).

Mi mamá se negó a hacerme más pruebas o dar su aprobación para que el colegio hiciera un tratamiento “adecuado” a mi situación. Trascurrieron los días entre una que otra ocurrencia, y leyendo, siempre leyendo.

Al año siguiente me fui a clases en pantalón y terminé nuevamente en la orientación. Esa vez la cosa fue tan grave que mi mamá tuvo que presentarse de inmediato, la psicóloga le dio toda una explicación acerca de las nuevas opciones sexuales y mi madre, tremendamente aburrida, la interrumpió con un gesto de la mano, me miró a los ojos y con su amabilidad a flor de piel me preguntó: “¿Eres marica hija mía? A lo que respondí: “No, sólo estaba haciendo mucho frío para usar falda.” Mi mamá miró a la psicóloga que estaba anonadada por tal expresión de cariño familiar y le dijo: “Ahí lo tiene usted, esta niña está loca como una cabra.” Tras lo cual soltamos una carcajada.

Digamos que no me volvieron a llevar a orientación ni a citar a mi mamá.

Regresé a psicólogos por diferentes razones a lo largo de mi vida y los abandoné a todos por el mismo motivo: drogas psiquiátricas. En este punto es importante diferenciar la psicología de la psiquiatría: La primera tiene un origen remoto y filosófico, se ha encargado de estudiar el alma, el comportamiento humano, sus consecuencias y las reacciones. La psicología moderna, aunque en ocasiones va muy de la mano con la psiquiatría, tiene muchas ramas de estudio y aplicación que difieren tanto entre sí como en las personas que las aplican. La psiquiatría, por su parte, es una invención relativamente moderna, que va de la mano con la medicina o la psicología, y que se caracteriza por el uso de diagnósticos y medicamentos.

La psiquiatría es la gran responsable del uso y concepto de la locura en esta época. La “locura moderna” es una enfermedad que data del siglo XVIII, donde Foucault localiza el inicio de la “normalización”, es decir, del estándar social. Si bien desde siempre ha existido un eje que rige la “normalidad” dentro de las distintas sociedades, también se han permitido espacios anormales donde residen personas que son distintas pero que cumplen funciones vitales. Un ejemplo simple es el chamán: raramente el chamanismo es un oficio heredable. El chamán busca a su discípulo dentro de la tribu con algunas características especiales y lo entrena para su reemplazo. El número de chamanes es limitado y nunca constituyen la mayoría de la población. De esta manera, un chamán es una persona extraña, rara, pero necesaria, y tiene un lugar social.

La “normalización” que establece Foucault obedece a la desaparición de ese espacio social que acepta y necesita de las personas que se salen de la regla, y ello es el inicio de lo que hoy conocemos como “locura.” Si bien han existido ejemplos de locura en épocas anteriores, han sido casos aislados y poco frecuentes. Es hoy, es esta época y esta sociedad, que la locura ataca a todos.

Cuando aparece la “normalización,” supuestamente desaparece la necesidad de personas fuera de los parámetros aceptados, pero entonces hay un nicho social que queda sin nombre ni lugar, y se crea la “locura” como solución: todo aquello que se salga de la norma es clasificado como loco y tratado como tal. Esto parece bueno hasta cierto grado, el problema radica en quienes eligen qué es lo “normal” y en que el concepto se convierta en algo rígido, sin movimiento social.

El estándar social no es nuevo, lo nuevo es que no se mueva. Digamos que el estándar es como la moda, va y vuelve, se le añaden unos churquitos por aquí o unos boleros por allá y siempre está vigente, pero lo importante es que es mutable y sobre todo, adaptable a lo que requiere la sociedad. En el caso de la “normalización,” esta adaptabilidad se pierde y el estándar de lo que es normal en la sociedad queda estancado en unos ítems específicos, que si bien son amplios, no son alterables. Es como si los pantalones bota campana se hubieran puesto de moda en los setenta y algún mandatario hubiera decretado que era lo único que se podía vestir: Entonces, se puede ampliar o reducir la bota, subir o bajar el talle, cambiar los colores o materiales, pero sólo se podrían usar esos pantalones botacampana; las pantalonetas, faldas, vestidos y otros tipos de pantalones estarían fuera de la ley, y no sólo serían mal vistos sino también prohibidos.

De esta manera, un estándar social creado hace ya dos siglos todavía sigue aplicándose hoy en día, con mayores o menores desviaciones y con diferentes nombres, por supuesto. Así se diagnostica la locura dentro de la psiquiatría: un estándar de normalidad, creado socialmente y estancado, marca el comportamiento correcto de las personas. Cuando alguien se sale del estándar está loco. Simple.

El asunto no fue siempre así. No cualquiera era loco, sino que al principio de la psiquiatría sólo se trataban como locos los casos extremos, personas que decididamente estaban fuera de los comportamientos sociales regulares, los que hoy conocemos como autistas, sociópatas, esquizofrénicos, pirómanos, etc. Pero siempre en momentos extremos y de gran complejidad. Estos diagnósticos iniciales no eran fijos ni ordenados, sólo se decía que eran locos, unos más que otros. Además, no tenían una regla común, cada psiquiatra definía el diagnostico.

En esos primeros días los tratamientos eran un asunto bastante debatible, aún hoy se tienen muchos problemas con la forma como se tratan los “locos” . Al principio, la creencia de que si se torturaba el cuerpo se salvaba el espíritu (heredada de la filosofía de la Santa Inquisición) llevó a que los tratamientos fueran extenuantes y tortuosos. La norma se basaba en obligar a “regresar” a la normalidad al paciente, esto se hacía mediante torturas físicas y mentales, hechas como pruebas en tiempo real para saber qué sucedía, pues no se tenían resultados concretos. Se ataba, mutilaba, inyectaba, drogaba, asustaba y otras cosas más, mientras los doctores observaban qué sucedía y cómo se reaccionaba.

En los hospitales psiquiátricos se vendían entradas para poder ver los tratamientos como si fueran espectáculos de sadismo. En Inglaterra, la alta sociedad asistía de manera recurrente a los tratamientos, tanto que los hospitales reportaban más ganancias por este rubro que por el ingreso de pacientes. Algunos tratamientos funcionaban, pero de manera personal: Lo que curaba a uno probablemente no curaba a otro y así sucesivamente, lo que ocasionó que la gente empezara a perder la confianza en los métodos psiquiátricos, y sobre todo, que dejaran de pagar.

Además la psiquiatría no era reconocida como una ciencia, y la suma de sus métodos sin resultados, los diagnósticos poco confiables y el rápido enriquecimiento de quienes la practicaban, empezó a minar su posición. A mediados del siglo XIX la psiquiatría entró en una recesión bastante fuerte que parecía marcar el inicio de su desaparición. Para rescatarse, empezó a anudarse con la medicina y esa unión provocó que se empezaran a crear “métodos científicos” en los tratamientos y a generar premisas de la “locura.”

El diagnostico tuvo que olvidar su rango puramente intuitivo para admitir métodos más claros, y para lograr esto una de las primeras tareas de los psiquiatras fue definir cuáles eran los motivos para volverse “loco.” He aquí una de las grandes vergüenzas de la psiquiatría: aún no lo saben a ciencia cierta.

La segunda tarea fue definir en qué lugar reside la “locura.” El concepto de “mente” fue ampliamente aceptado, principalmente por dos razones: no se sabe qué es ni dónde queda. Aunque actualmente se suele ubicar la mente en relación al cerebro, antes se hablaba de la mente tal como del alma, desde un aspecto teórico, metafísico y filosófico. De esta manera, al aceptar la mente como residencia de la locura podían basarse en múltiples teorías, aun contradictorias, pero todas aceptadas.

No todos aceptaron la idea de la mente y algunos doctores, siguiendo una línea del alma y teorías más cercanas a la psicología, empezaron a anudar la locura con hechos fisiológicos y enfermedades físicas, lo cual creó toda una línea de investigación que se deriva hoy en estudios del cerebro y en la aceptación de enfermedades como el alzhéimer, la demencia senil, el autismo, entre otras.

Por otro lado, se creó una rama dedicada a relacionar la mente con el comportamiento, radicar todas nuestras acciones en un solo sitio del cuerpo y culpar a este de las consecuencias. Se crearon tendencias de enfermedades mentales “nuevas” como las de “locura temporal,” “ataques” precipitados como ataques de ira, sicóticos, de celos, etc. La teoría de enfermedades mentales temporales sumada a la idea que la mente era responsable de ciertas actitudes, creó un efecto en el cual era posible asumir un problema mental como el “culpable” de las acciones cotidianas.

La tercera tarea de la psiquiatría para lograr su estatus científico fue modificar sus tratamientos obsoletos y poco efectivos. A raíz de mucha experimentación, tanto humana como animal, se encausaron los procedimientos para hacerlos mas efectivos y agradables a la vista. Ya no se tortura a los pacientes sino que se encauzan hacia la normalidad desde la aceptación del propio conflicto. De aquí surge el famoso tipo de tratamiento de los doce pasos, donde el primero es aceptar que tienes un problema y hay que trabajar en ello. Entonces ya no se tortura como antes, o por lo menos, ahora los parientes firman un permiso.

Entonces, la enfermedad surge de la “mente,” un lugar mágico y misterioso en medio del entorno corpóreo, y luego se determina de una manera profesional un diagnóstico de “locura” centrado en el hecho de que el paciente se sale del “estándar social,” y por ultimo tenemos unos tratamientos probados por el método científico: un mismo tratamiento genera unos mismos resultados en diferentes individuos.

Hasta aquí, la psiquiatría del siglo XXI parece mucho mejor que la del XVIII, pero hay dos puntos débiles: qué “locura” se diagnostica y cómo lograr tratamientos efectivos. Para el primero, los psiquiatras tuvieron una buena ayuda de la literatura: todas las manías fueron descritas en la literatura de los libertinos y con ellas bautizaron muchas enfermedades. La esquizofrenia, si bien fue un término que uso el doctor Benedict Moreal a mediados del siglo XIX, ya estaba referenciada en varios poemas de la famosa Safo. Se ha creado una lista un poco asombrosa de enfermedades, en especial manías y síndromes mentales, que habla muy bien del nivel de lectura de los padres de psiquiatría.

Por otro lado los tratamientos efectivos se lograron tan sólo hasta mediados del siglo XX ¿Por qué? La respuesta es muy simple: esa fue la época en que la industria farmacéutica empezó a generar más medicamentos de los que la gente necesitaba, y además fue cuando se contó con el desarrollo industrial y teórico necesario para experimentar con muchos de los activos principales de las drogas psiquiátricas.

De esta manera la “locura,” que era especifica y de muy pocos, se convirtió en algo a lo que todos podemos ser propensos y que nos afecta, tal como un virus. Esta es la puerta que le dio paso a lo que hoy en día se conoce como el “marketing de la locura,” que es precisamente el tema del próximo artículo.

Creo que de alguna manera heredé el título de la loca de la familia y ahora, gracias a la tecnología, no necesitan venir a visitarme: En cambio, me llaman a las diez de la noche un día cualquiera a preguntarme sobre conquistadores, a las seis de la tarde del domingo para que ayude a hacer un listado de tipos de adjetivos y sustantivos, y una vez hasta logré explicar, vía teléfono celular, cómo balancear ecuaciones químicas. Lo interesante es que en mi familia la locura mercantilista no existe, todo se arregla con una visita a mi abuelita, una empanada y un chocolate… y si no se arregla, por lo menos se disfruta.

Pero no teman, no soy una loca peligrosa. :)
Senderos de narración

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